Algo que aun no me explico me hizo no dejar la pluma y mediante la práctica descubrí que era un nuevo tipo de acercamiento a mi interior.

Con la palabra pude estructurar lo que en ese entonces se me salía de las manos, y de ellas, aprendí que el tiempo se vincula directamente con el impulso creativo.

Gracias a esto me ocupé pensando que siempre tendría algo que hacer.

Durante el proceso de encontrarme con la palabra emprendí una nueva ruta, acercándome a situaciones que no sabía existían, cada vez más amplio, cada vez más interesante.

 

Al cabo de algún tiempo llegué al extremo de experimentar lo que con palabras no se puede decir.

Deformé la estructura de la letra y comencé a expresar lo que sentía al escribir pero con otras formas.

El impulso no se concentraba solamente en lo que conocía como escritura. Solté la mano y por medio de líneas y curvas exploré lo indescriptible de mi sentir, desarrollé mediante la experiencia aspectos como el crecimiento interno, la asimilación de elementos externos, el cómo experimentar sin temor, la compleja incertidumbre, los cambios, el orden y desorden creativo, y más... sin aún entender del todo a lo que había dado vida.

 

Hoy la riqueza de este nuevo lenguaje me invita a seguir nutriéndolo. Lo interesante del seguir empleando recursos como el arte para expresar y hacer intencionadamente, sé, es un tipo de evolución personal que con mi trabajo comparto con el mundo entero.

El arte y la vida son atemporales y están hechos de momentos, siendo estos representados según espacios y contextos.

La ecuación final depende del individuo y de su alcance por integrarse a si mismo y del como involucra el mundo en un solo presente.